El Padre Fernández con sus alumnos en el Manga (1967)
Conocimos al Padre César Fernández en una mañana del invierno de 1999. Con su boina y sentado frente al fuego de una estufa de leña nos recibió en su hogar de la Casa Inspectorial Salesiana.
A su lado, un libro y un diario, que se repitieron a lo largo de todos nuestros encuentros, nos decían de cuáles eran sus habituales compañeros en aquellas frías jornadas. Pensativo y con una paternal sonrisa, este salesiano de suaves modales y pícara mirada iba dejando fluir, con su cálida y pausada voz, recuerdo que nos retrotraían a épocas para nosotros tan lejanas como fue aquel año de 1923 cuando pisó por primera vez el Manga.
Primero estudiante, luego profesor y más tarde director, el Padre Fernández era testigo de casi ochenta años de la vida del Manga. “Nací en Montevideo, en el pueblo de Colón, vía por medio de la parroquia de Colón. Todavía está el caserón viejo en donde yo nací y que era la quinta de veraneo de mi abuela paterna. Cuando se casaron mis padres fueron allí unos meses hasta tanto que papá pudo arreglar las cosas para ir a administrar las estancias de abuela a Casupá, que todavía no existía como tal. En esa línea de ferrocarril solo existían las estaciones de Fray Marcos y Reboledo. Cuando papá fue para allá pidió al ferrocarril que le diese una parada en frente a la estancia, o sea en el km l24, pero el maquinista que fue con los ingenieros para elegir el lugar les dijo que no la hiciesen allí, porque al repechar en la salida hacia fuera se topaba con la Cuchilla Grande y aquellas máquinas que marchaban a leña no tenían fuerza, cosa que aún cuando pusieron la estación dos o tres kilómetros para atrás sucedía dos por tres; yo lo recuerdo de muchacho. De modo que a los pocos años nos fuimos a esa estancia en Casupá desde donde papá administraba también las de Río Negro y Colonia.
Allí viví, prácticamente de manera continua, hasta 1920, cuando vine como alumno interno de los Jesuitas al viejo seminario. Eso fue hasta 1922, en que se cerró el pupilaje y los jesuitas nos dijeron que los que quisiésemos podíamos ir al Colegio Pío, que allí nos iban a recibir. Y en efecto fui al Colegio Pío y allá completé el Bachillerato, segundo y tercero de liceo, y después, en 1924, me fui al Manga, pero a estudiar para sacerdote”
Luego narró toda su trayectoria en la congregación que fundara San Francisco de Sales, y destacó que quizás su mejor destino fue dirigir el Instituto de Formación Salesiana mejor conocido como el Manga, donde se encontró con un grupo de niños y adolescentes que querían abordar una vida dedicada al sacerdocio y al servicio de los demás.
Para finalizar nos confesó el Padre César, que tiene recuerdos imborrables de sus años como director de los aspirantes. Al pedirle que nos recordara alguna anécdota de esos años o alguna circunstancia que lo hubiera marcado para siempre, nos confesó que hubo un alumno al que él tomó como su protegido y que por su bondad al poco tiempo se transformó en su protegido. La vida o la divinidad los separó, pero en su corazón siempre habrá un lugar para aquél muchacho de sonrisa franca y bonachona al que sus compañeros le llamaban el “Porteño Letieri”.